Adiós a Aquilino Duque, el poeta más grande y menos premiado

En una tierra en la que todos se premian con al menos una medalla o un certificado, desde los seres humanos hasta los caballos, es increíble que un escritor de este nivel, que en esta tierra nació en 1931 y contribuyó a hacerla noble, haya sido tan poco considerado. Nunca nos han importado sus pasiones políticas, porque un intelectual de este calibre siempre pertenecerá al mundo de la cultura y a Andalucía y al mundo. Aquilino Duque se ha ido para llegar a los Dioses. 

No he podido conocerlo mientras vivía al lado, en Bormujos, en el Aljarafe. Cuando llegué a Sevilla, noté inmediatamente el ostracismo literario e ignorante por este forajido curioso y excéntrico, ensayista y poeta, editorialista y traductor. No se podía hablar de Duque. Lo he circumnavigato. En la colección “El anillo invisible” habla de la necesidad de dejar “signos de presencia” que se convierten en “impercetibles decepciones”: “nombres de calles, de mujer, de fragmentos/ de la ciudad, dos boletos de tranvía/ flores secas y acaso/ una pequeña cicatriz”.

Entonces podríamos citar en memoriam sólo su cincuenta u ochenta por ciento, el Duque artista, que es lo que nos interesa. En su defensa contó su amigo Fernando Ortiz: Aquilino siempre ha sido “una paradoja: antifranchista y amigo de Rafael Alberti en su exilio romano, defensor del Régimen cuando la causa ya estaba perdida…”. 

Sin embargo, todavía no estoy seguro de si puedo contar historias aquí sin que se vean sólo en el presente. El presente, en el terrible ruido silencioso de las civilizaciones en crisis, es sólo una proyección del pasado. Y aún es así. Gracias, Aquilino, por haber levantado la tapa sobre la nada. “Y acaso una pequeña cicatriz”.

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