Aunque el programado “Rasputin” es una obra contra el poder, del talento ruso del baile Sergei Polunin se conocen mejor sus tatuajes. Los famosos de Putin más que nadie. Sí porque el ucraniano de 33 años de Kherson (la ciudad tristemente bombardeada por los rusos en estos meses) tiene debilidad por el zar (o lo tenía, como sostienen sus numerosos admiradores). Polunin por este motivo no bailará en el Teatro degli Arcimboldi en Milán.

“Aunque cree en la libertad de expresión y en la apolicidad del arte…” comienza así el comunicado oficial que explica la supresión del espectáculo y que vuelve a proponer el dilema de los límites del arte. Polunin vive contracorriente, hasta el punto de abandonar el Royal Ballet de Londres y gestionarse a sí mismo, viviendo entre Moscú y Belgrado. Es muy querido por el público y por eso Gianmario Longoni, responsable de la cartelera del TAM, contrario a la decisión de cancelar el evento, protesta invocando “una programación sin vínculos ideológicos”.

“Nuestro pluralismo occidental se ha convertido en un problema. Estamos perdiendo el sentido de la civilización occidental, que no discrimina según las ideas, no censura a una persona según su opinión”. En realidad, Polunin puso algo de su parte. Expulsado de la Ópera de París porque la tenía “con la gente gorda”, en noviembre actuó en Novosibirsk en un “concierto de caridad para apoyar al ejército ruso”. No está tan arrepentido.

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