Hay quien quiere el cisma. Los ataques al Papa Francisco después de la muerte de Benedicto XVI

Ahora que la sombra del Papa emérito Benedicto XVI ya no está, Francisco tendrá que reprender necesariamente los ataques de la “restauración” como él mismo lo definió. Sin su figura de referencia, los conservadores presentes en el Vaticano (y abundantemente en los medios de comunicación) querrán desestabilizar el Papado, por el regreso a esa tradición que consideran traicionada.

Es sabido que a algunos obispos no les gusta todavía el Concilio Vaticano II. Cuestiones de rito (hay quien quiere volver en el tiempo, hace tiempo se habló incluso de un cisma “estadounidense” sobre el tema) y de prioridades religiosas. En una homilía reciente el Papa Francisco ha querido poner las cosas en claro: “O tú estás con la Iglesia y por tanto sigues el Concilio, y si tú no sigues el Concilio o tú lo interpretas a tu modo, a tu voluntad, no estás con la Iglesia. En este punto debemos ser exigentes, severos. El Concilio no se negocia”.

Son palabras que a los conservadores en el Vaticano no les bastan. La muerte de Joseph Ratzinger, a la que éstos han hecho referencia después de su dimisión, debería en realidad pacificar las diversas almas de la Iglesia, también porque Benedicto XVI había sido clarísimo después de haber renunciado al trono: “Entre vosotros, entre el Colegio cardenalicio, está también el futuro Papa al que ya hoy prometo mi incondicional reverencia y obediencia”.

El evangelismo, que el Papa Francisco ha puesto como principio fundacional irrenunciable de su pontificado, esa atención a los pobres, a los últimos y a las periferias ante todo, nunca ha gustado a quien se opone a él en el Vaticano. Pero la “reforma de la reforma litúrgica” de la que hablaba el cardenal Robert Sarah no tendrá lugar, al menos con este Papa. Y las sórdidas maniobras subterráneas continuarán. La esperanza de los católicos es que no den más escándalo que hasta ahora, sin motivo.

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