La séptima del Sevilla: con el mismo arte de Silvio y El Pali

El Sevilla Football Club es un club de primer nivel solo por el hecho de que vive y opera en Sevilla, la ciudad que más que ninguna, por su belleza (a la que nos rendimos incondicionalmente) y elegancia (ídem) representa la auténtica España. En realidad el equipo no es parte estrictamente de la élite del fútbol ibérico, donde desde siempre comandan el Real Madrid y el Barcelona, prueba de ello es que solo ganó una Liga en el lejano 1945-46.

Pero una explicación a las siete Europa League conquistadas en pocos años (la última en la noche en los penaltis con Roma) está ahí. Y las motivaciones vienen de lejos.

Sevilla tiene sabiduría, que viene de su suntuosa Historia, y capacidades inusuales de soportar el sufrimiento, que lleva consigo desde siempre y del que es símbolo la Macarena. De acontecimientos históricos ha visto muchas – árabe y cristiana como es – y ha sacado de ellos las enseñanzas más virtuosas: paciencia y desengaño, tanto no pasa na, en resumen: más de lo que se ha visto y vivido no puede suceder.

En esto, Sevilla es soberana. Nada la molesta. Soporta las afrentas, incluso las del poder central. No se descompone, de la misma manera que Silvio, el cantor muy elegante e imperturbable de la ciudad, capaz de alabar la Macarena en una pieza rock. No se cansa tanto por acontecimientos humanos de los que todos prescindiríamos: no se mueve demasiado como El Pali, la voz profunda y auténtica de las sevillanas, que vivió toda la existencia entre su casa y el estanco, en una decena de metros.

Es el Arte sevillano. La voluntad y la fe. La generosidad y la aceptación. El Arte del sueño, para cuando llegue.

Es por eso que también ayer, con jugadores bastante normales y presupuestos corporativos limitados, el Sevilla trajo a Andalucía todavía una Copa, la enésima. Es toda la ciudad que ha jugado como se hace en los días de la Feria saliendo de casa para ir al encuentro de un destino, el de la convivencia. Una ciudad que se pierde, como sucede a veces con el gran Morante de la Puebla, pero luego se encuentra y gana.

El sevillano es un tiempo más largo y armonioso. La Roma ha caído en ella y ni ha querido apelar a los emperadores Adriano y Trajano, nacidos en la capital andaluza, para ganar la apuesta de la paciencia eterna.

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