Antes de convertirse en un inmenso resort exclusivo, Italia se interroga sobre el futuro de sus bellezas paisajísticas y arquitectónicas. Vender las joyas de casa está de moda, como en el caso de la “exclusiva isla privada en Marsala” que se lee en el anuncio de Sotheby’s en estos días, que no es más que la hermosa y única Isla Grande de Stagnone, un encanto de bellezza y de fauna protegida frente a las históricas salinas. 

Un paraíso natural, en venta por las tres cuartas partes de sus 120 hectáreas, al módico precio base de una decena de millones, o al menos eso parece. La vendieron y la humillaron. Poco importa a quien la vende que esté protegida y forme parte de la reserva natural de Stagnone y en nada han valido los intentos de Legamabiente durante 14 años de instituir a tutela un Parque de las Islas Egadi y del litoral trapanes. 

Dicen que no se puede especular tanto porque las limitaciones de la Superintendencia son muchas, pero las palabras que hoy se escuchan a la idea de transformar la isla en resort podrían ser, como nos enseña la experiencia, de relojería. Sicilia, que sólo debería ser protegida, está a la venta en realidad: la almadraba de la isla de Capo Passero por ejemplo, donde les gustaría construir el enésimo resort de 128 habitaciones (18 suites en los almacenes y un restaurante de excelencia y en la atunera verdadera 110 habitaciones, spa, piscinas y solárium). O la Isla delle Femmine, en venta por 3 millones y medio de euros, que un grupo de artistas mujeres intenta salvar con un crowfunding. Los alcaldes dicen que es una gran oportunidad para territorios deprimidos. Vender y cobrar es bueno para el mega hotel Italia.

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