Veinte años desperdiciados

Hay algo siniestro no sólo en vivir un crimen, sino también en no entender, veinte años después del atentado a las Torres Gemelas, cómo evolucionó esa guerra de todos contra todos que Al Quaeda había querido con esta masacre. Es vergonzoso no saber hoy, no entonces. Parece que todo ha quedado en esa gigantesca nube de humo, diseñada para las televisiones de todo el mundo, y atrapados en esas llamas, todos nos quedamos: primero los Estados Unidos, que hace pocos días se retiraron de Afganistán declarando que los enemigos y el terrorismo mundial nunca han sido derrotados, los tres mil muertos de aquel día y los cientos de miles de muertos que fueron complemento del atentado que, no lo olvidemos, fue una declaración de guerra a quien respondieron con la misma vehemencia prometiendo venganza. Que no ha habido.

En estos veinte años hemos visto otros atentados (en Madrid y Londres, Bali y Bombay), otros muertos, otras operaciones relámpago – como la llevada a cabo contra Osama Bin Laden – o más permanentes que han castigado las cumbres del terror. Pero, por desgracia, hay que decir a los herederos de las víctimas – 93 nacionalidades en todo – que nadie ha ganado: la batalla se ha desarrollado en las altas esferas de la política, las que la gente no entiende. Y a pesar de que nos han señalado con el dedo cuáles eran los enemigos, esto no ha aliviado al mundo, porque ya está claro para todos que las víctimas de aquel 11 de septiembre de hace veinte años fueron los derechos humanos y la libertad de todos.

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