Alessandra Carnaroli: fotocopiar la realidad para contar los márgenes

Pocos como Alessandra Carnaroli han devuelto la dignidad a las palabras sin manipularlas o deformarlas. Su enorme talla y pegado literario, con la crónica como protagonista e inspiradora absoluta, tiene como objetivo último la claridad: “La realidad es real. Las imágenes que ofrezco no son referencias a otra cosa, no tienen significados ocultos”.

La escritora fanesa (es de Piagge, donde vive todavía) ha hecho lo que todo poeta serio, auténtico, inteligente debería, es decir, devolver la vida real a las cosas y a los hechos. Lo que vivimos, en definitiva, es descriptible e interpretable sin forzamientos o propósitos o alteraciones. Es lo que es. Y así Carnaroli se sumerge en estas profundidades abisales “tomando distancia de los miedos” porque “la escritura me da esta posibilidad”, la de observar y escrutar y por tanto contar, sí, también los crímenes y las violencias de que es capaz el hombre, sobre todo aquellos.

Es aquí donde vive la esencia de sus versos, en lo social, en el “mantenimiento” poético de lo existente. Con sus libros ha seducido al público italiano e internacional (tanto que ha llamado la atención, entre otros, de Aldo Nove, Tommaso Ottonieri, Andrea Cortellessa, Helena Janaczek, que han escrito sobre ella) y las páginas están llenas de versos estrechos y feroces que denuncian la misma realidad que ella ha respetado en el lenguaje cuando ha “decidido ver”.

“En Feminimondo he puesto con texto hechos de crónica y la ‘traducción’ poética de ellos” nos cuenta. Más que la Szymborska, a la que va inmediatamente el pensamiento por una clara consonancia, fueron Nanni Ballestrini y su Grupo 63 quienes la inspiraron “en el uso del material público” y en el intento de “contar de la violencia, sin ninguna motivación”. La realidad ya es suficiente.

Lo que puede hacer quien escribe es dar a conocer que “el mal nos pertenece”. “Descubrimos – subraya Alessandra – que víctimas y verdugos en el fondo están atados a dos hilos, están mucho más cerca de lo que hubiéramos sospechado”. Es un viaje, el de la Carnaroli, a las periferias de lo visible, a lo largo de los márgenes, en aquellos bordes y límites en los que todavía están relegados débiles y mujeres. “Termino hablando de violencia de género, sexismo, interrupciones del embarazo: fenómenos que siguen existiendo hoy cuando la mujer quiere autodeterminarse”.

Los libros (entre los títulos más significativos: Femminimondo, Primine, Sespersa, In caso di smarrimento/ riportare a:, y 50 tentati suicidi più 50 oggetti contundenti – Einaudi – definido “un irónico ‘manual Ikea’ sobre el suicidio, para que se hable, porque las palabras ponen de manifiesto”) contienen, pues, una realidad descrita tan sobriamente que revela sus defectos y vacíos, a veces cósmicos, hasta el punto de recordar al sumo maestro al que se inspira quien escribe aquí, Leopardi, es decir, con una marcha de actualidad más, como cuando se admira una naturaleza muerta de Morandi. Protagonistas son las cosas, los objetos con los que la Carnaroli confiesa tener “una relación fetichista, porque dotados de un sentido, se convierten en voz de otra cosa”.

Alessandra ha elegido, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, sumergirse en lo real, incluso cuando éste asusta y amenaza, porque “es la única posibilidad que tengo”. Es maestra, educa desde siempre desde niños de tres a seis años, organiza veladas culturales, allí, en la tierra que la creó – no en Milán o París donde vivió – y que le da ideas de jerga y coloquialismos que terminan en sus creaciones. Porque, creemos que éste es el testimonio más actual de la escritora, no sabemos si lo visible se reajustará arrepintiéndose de su ciega y silenciosa violencia, pero ciertamente podemos hacerlo protagonista tal como es, para testimoniar cuál es “el estado de las cosas”.

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