El partido que los alemanes no supieron poner bajo llave. Y ahora es el turno del Sevilla

Decía el escritor Milan Kundera que “la velocidad es la forma de éxtasis que la revolución tecnológica ha regalado al hombre” y ayer experimentamos intensamente dos de ellas en el Sánchez Pizjuán. Inolvidables, como todas las cosas bellas. La primera fue de un tal Haaland, delantero centro de profesión, un vikingo como Loki, dios de la astucia y el caos: durante todo el partido puso a prueba a la defensa, a pesar de tener ante él otra divinidad, en este caso carioca, Diego Carlos. Sin embargo, el muro se derrumbó un par de veces, cuando el veinteañero noruego se cambió de ropa y se comportó como Tyr, dios de la guerra, y no tuvo piedad -alas en los pies en los cambios de ritmo- de los pobres mortales. 

La segunda velocidad, más íntima y conmovedora, fue la del director Monchi, que perdió el partido (aunque “salvada” la vuelta por un gol de De Jong en el final), inmediatamente tuiteó: “Perdemos 2-3, ante un magnífico equipo y no hay ni uno de los nuestros, ni uno, que no piense que vamos a remontar”. Es la lucha entre la realidad -que ha sancionado la implacable algidez que se vive en estas alturas de la Champions, un error y estás fuera- y el sueño de la remontada, que es posible, porque el Sevilla no teme a nadie. Si tuviéramos que apostar, lo haríamos por los nuestros, porque el equilibrio mostrado en momentos de la primera parte, con ritmos altos y un centro del campo estelar, el balón teledirigido girando por el campo, esto es la verdadera sustancia del equipo que Lopetegui ha montado como un mecanismo mágico. 

Enfrente estaba el Dortmund, acostumbrado a ciertos partidos y que conoce bien la Champions. El Sevilla acaba de entrar en el club y no será un partido, las malditas ganas de Haaland de demostrar que es mejor que Mbappe’, lo que cambie las cartas. Y volveremos a ver a Ocampos, en la vuelta del 9 de marzo en Alemania, y habrá un Papu Gómez por fin a la altura. “Han cometido un error, dejarnos con vida” grita Monchi. Es el espíritu de todos, unidos como nunca, luchadores y a veces distraídos, soñadores y realistas, y, solamente un equipo que puede lograrlo, puede decirlo. 

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