La diferencia lingüística es mínima, fòtbòlt por football, pero en esencia todo cambia. Obreros, almacenistas, empleados de Klasvik, una ciudad de cinco mil almas de las islas Far Oer, se transforman cuando salen al campo en el Klaksvìkar Ìtròttarfelag o KÌ Klaksvìk, llámenlo como quieran. Y así, en las eliminatorias a la Champions League, la máxima competición europea, desafían a los multimillonarios y eliminan a sus equipos.

Es el verdadero fútbol, el que reserva sorpresas y no tiene que ver con trucos de mago o sentencias deportivas pilotadas. El Klasvik es la revancha de los humildes y de los últimos: solo de ellos es el Reino de los Cielos, advertían a alguien sin saber de esta fábula contemporánea.

Los chicos de este prodigio equipo, contrariamente a todas las predicciones, han aplastado al club más poderoso de Hungría, el Ferencvaros, humillándolos en su propia casa con un seco tres a cero, y anoche los suecos del Hacken mucho mejor equipados.

Entre los jugadores, el público internacional pudo admirar los impresionantes desfiles de Nils Jonatan Johansson, que hasta hace poco jugaba en la quinta división noruega. El estadio donde juega el equipo tiene una sola tribuna y el viento a menudo perturba las trayectorias.

El país no vive del fútbol, lo disfruta los sábados y domingos. De esta manera, la selección nacional en los últimos años ha ganado incluso a Grecia y Austria en los clasificatorios europeos. Cuestión de tranquilidad. A la selección italiana de hoy le costaría no solo vencer a austriacos y griegos, sino quizás a la propia Far Oer.

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