Gran parte del mundo es bajo. Pero no por eso necesita justificarse

Su Majestad, la Reina de Inglaterra, es alta sólo por el título. En la vida real es 1,63 metros. Elisabeth no está sola en ver el mundo desde abajo: Prince y Dustin Hoffman han podido encantar admiradoras en todo el mundo sólo con cámaras ad hoc (son respectivamente 1,57 y 1,65), Silvester Stallone pudo convertirse en Rocky a pesar de medir 1,70 metros y Napoleón con tacones no llegaba a la misma altura que el actor americano. En resumen, gran parte del mundo es bajo. Pero no por eso necesita justificarse. ¿Qué culpa tiene uno si nace alto o bajo? La vulgaridad de la gente y la groserías del mundo han querido que los bajos sean siempre objetivos o compadecidos. Y algunos de ellos pasan toda su vida quitándose los prejuicios.

Es por eso que sobre los toreros más bajos del mundo, los que tuvieron que cancelar su espectáculo en Baza por voluntad de la Junta, la cual autorizó en cambio parece una exhibición en Constantina, han suscitado debates y polémicas, la mayoría de ellas inútiles. Lo que es fundamental es garantizar la dignidad – existe una ley de discapacidad a tener en cuenta – a las personas afectadas por acondroplasia. ¿Se hace autorizando el espectáculo? ¡Pero si la gente va allí sólo para divertirse (y remarcar las diferencias desenfrenadamente)! ¿No se da luz verde? ¡Y entonces se demoniza la altura de las personas y se pone de relieve la diversidad!

Creemos que la polémica de estos días pone de relieve dos aspectos. El primero es que cada vez nos sorprendemos de que haya personas diferentes y no sabemos qué hacer. Y el segundo, más práctico que las habladurías, es que quien ha tenido la suerte de ser más bajo que todos, por lo general mal visto ni ayudado y quizás ignorado, tiene que vivir y llevar a casa la comida. Es poco prosaico, insultante para algunos, pero quizás en esto radica la verdadera esencia de las decisiones de poner semáforos verdes o rojos para el “bombero torero”.

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