Las matrioskas en la mente de Putin

Mientras pague su círculo mágico y los oligarcas que siempre lo han apoyado no decidan desconectarse, podrá seguir soñando con que Rusia sea idéntica a la Unión Soviética de antaño. Hacer ese viaje mental atrás en el tiempo que le llevó a pensar que Berlín, al menos el este, es suyo, que Polonia le pertenece y Finlandia, Estonia y Letonia son provincias rusas. Putin piensa y actúa como el niño que en medio del partido se lleva la pelota, convencido de que todo le pertenece, incluso lo que ha soñado. Un trauma, una enfermedad.

Ayer reclamó la Catedral de la Santísima Trinidad al Gobierno israelí. Esa iglesia ortodoxa de Jerusalén es, en su opinión, suya, porque hace años el primer ministro Netanyahu se lo había prometido a cambio de un favor, la liberación de un ciudadano israelí. En plena guerra, antes del ataque final para conquistar al menos Donbass y no perder, con las atrocidades que su ejército está cometiendo contra los civiles en Mariupol y otras ciudades ucranianas, Putin se desdobla de sí mismo y, amargado por el escaso apoyo moral de Israel a su campaña bélica, reclama una Iglesia, como haría un acumulador serial.

Pero Putin es ante todo una persona víctima de sus propias manías, sobre todo de grandeza, que ha atacado a todo Occidente (con la complicidad de nuestros distraídos países, que de diplomacia saben menos que poco) y tiene el botón nuclear en la mano (que haría terminar el partido en todo el mundo).

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