El primer ministro Meloni apuesta todo por el premierato. Pero el referéndum (dentro de dos años) podría ser fatal para quien lo quiera

Lasciate la speranza, o voi che entrate. Dejad la esperanza, o vosotros que entráis en la cuestión. El decreto de ley Casellati que introduciría el premierato es una cosa solo italiana. No desperdicien tiempo en compararlo para ver si hay copias de lo que, por desgracia, se ha convertido en lo más urgente para nuestro país, más que las cuentas públicas y más que nuestra política exterior en un mundo en llamas.

La primera ministra Giorgia Meloni ha ordenado acelerar, quiere llegar al referéndum (casi como si el Parlamento avalara con una amplia mayoría al premierato) dentro de dos años. Y para hacer esto está trabajando día y noche, con expertos en derecho pero también con magos de las redes sociales y de la comunicación, para llegar a una pregunta que sea inmediatamente recibida como positiva por los italianos que irán a votar en 2025. Su propia existencia está en juego, Giorgia lo sabe.

Sabe bien que el premierato no se impone también porque las consecuencias serían pesadas: un Presidente de la República vaciado de casi todas las prerrogativas de su papel, “notario” en definitiva del País que en cambio comandaría al premier, incluso, como parece, sin el peligro de volcar durante la legislatura. El Parlamento, que ya está sometido a la voluntad del ejecutivo gracias a la utilización desmedida del instrumento de los decretos en lugar de la normal actividad legislativa para la que está destinado, se convertiría, con la reforma, en un hemiciclo vacío y sin interés.

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