La historia increíble del cooperante sevillano

El increíble caso de Pablo Campos Castillo podría ser el comienzo de una historia del absurdo. Una historia que parece irreal, pero al joven sevillano le ha sucedido de todo, desde aquel día lluvioso de diciembre de hace tres años, cuando en compañía de su novia y dirigido a Tesalónica hizo entrar en su coche a una familia palestina. Un gesto de bondad que ha merecido la acusación, según las leyes griegas, de tráfico de personas. Pablo, que ya no vive en Grecia, expulsado del país, no será juzgado hasta octubre del próximo año. Se enfrenta a una pena extraordinaria: cuatro años, diez por cada miembro de la familia salvado por la tormenta de esa noche.

Castillo trabajaba en un campo de refugiados y no tuvo más remedio que dar un paseo a esa pobre gente. Después de haber sido arrestado y sometido a medidas de prevención excesivas, además de ser acusado de mafioso, lo enviaron a un centro de internamiento, en el que vivió, como se puede imaginar, un mes de infierno. Poco ha valido la solidaridad expresada por todas partes a este buen joven. Expulsado del país, Pablo podrá tener justicia, si alguna vez hay, sólo dentro de un año.

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