Sin agua, gas y electricidad y sin poder gritar al mundo lo inhumana que es la guerra (se ha interrumpido cualquier tipo de comunicación), Mariupol, la ciudad mártir ucraniana bajo asedio desde hace doce días, está capitulando. Es lo que sucederá también en Kiev: las tropas rusas están rodeando la ciudad. Toda Ucrania está en llamas, desde Nikolaev a Dnipro a Kropyvnytskyi a la capital. El noroeste de la ciudad, con el grueso de las tropas rusas a 25 kilómetros pero ya “invisibles” (se dispersaron para atacar mejor la ciudad), fue bombardeado. Y no hay progreso en las negociaciones.

Ayer el primer ministro israelí Naftali Bennett reveló el contenido de las recientes conversaciones con Putin. El mismo presidente ucraniano Zelensky nos lo contó: “Nos dijo que nos rindiéramos. Y no tenemos ninguna intención de hacerlo. Sabemos que la oferta de Putin es solo el principio”. Los Estados Unidos siguen “preocupados por las violaciones de los principios de seguridad nuclear”, como ha dicho la Ministra de Energía estadounidense, Jennifer Granholm.

De Washington llegarán nuevas ayudas “de la manera más rápida posible”: munición de la defensa aérea y misiles anti carro. La escalada de la guerra parece imparable. Moscú continúa en sus operaciones bélicas y amenaza incluso a Finlandia y Suecia: uno de los funcionarios del Ministerio de los Estari ruso, Sergei Belyayev, dijo: “Es evidente que su adhesión a la Alianza, que es ante todo una organización militar, tendría consecuencias políticas y militares que exigirían la revisión de las relaciones con estos países y la adopción de medidas de represalia”.

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